HILOS DE LA MEMORIA: PASAPORTE































































*Fe de erratas: 
a la orden del día, 
El autor de las siguientes líneas no se encuentra conforme. 
Sépase y comuníquese que pronto volverá el viajante impostor bajo la misma estructura, 
pero más desapegado a la siutiquería ( sólo un poco) 
y a la adjetivización de personajes y situaciones. 

Vuelve con más viajes y nuevos enemigos.

Atentamente.
La autora


El viajante impostor 
- - - - - - - - - - - - - - - 
I parte.-


Debo decir que la esperanza es uno de los sentimientos más horrorosos que avanza por la vida humana. El que nunca debería de haberse inventado; el que jamás debiese haber penetrado en las mentes de la región. Lacra. No por nada alcanzó a quedar encerrada en la caja (ánfora) de Pandora como el peor de los males: Si se escapaba no le tomaría ni un día el hacer añicos a la masa de insectos que hasta entonces creían en la voluntad. Lo que ahí no me queda claro es la ingenuidad o la sabiduría de la mala de la Pandora. No entiendo porqué la mala-mala, decidió reservar la lacra de las lacras; quizás sabía que el odio que sentía no era más que una miga de lo que llegaría a sentir más adelante, y entonces –sabiamente- quiso guardarlo para más tarde. Aunque es casi obvio que fue Zeus el que estuvo urdiendo tras los actos de la puta descarada. No olvidar jamás lo que escribió Esquilo en las Traquinias: “Entra en palacio muchacha, no permanezcas aquí. Has visto muertes extrañas. Terribles, infortunios múltiples, inauditos; y en todo ello, nada que no sea Zeus”. De lo que sí estoy seguro, es que los griegos de la época clásica eran personas de un carácter bastante más sensato. Por lo menos entendían la pequeñez y la meditaban, la enfrentaban y la sufrían, miraban lo execrable en la cara y lo asumían. Nada de hacerse los impostores. Actuaban. No esperaban nada de la buena voluntad divina, porque no creían que ella existiera. Quizás por eso también entrenaban sus cuerpos, para poder estar siempre mejor parados ante la acción -que obviamente, siempre sería trágica- lo que los dejaba ir en movimiento y creación sin fe en porvenires mejores. Hoy día, la esperanza tiene las raíces de un gomero en el trópico. Te la recomienda hasta la gorda ignorante de derecha, de tu vecina, después de haberse comido tres prietas con papas y huevos fritos y una ensaladita de habitas nevadas. Te la aconseja el imbécil buena onda que nunca falta en el trabajo; el amigo tonto que uno tiene porque es buena gente y lo que le queda a uno de compasión, pero por sobretodo, es cotidianamente recurrente, que te la aconseje el cristiano. Pero en verdad, es mucho menos que un consejo, aunque se disfrace de él; es simplemente una forma de llenar espacios; silencios en los que se debería admitir que no hay mucho más que decir, ni que hacer; que no hay consuelo para el sufrimiento, que hay que dejarse morir un poco, aceptarlo y odiarlo, entender que es injusto y que la naturaleza es ciega e inmoral, por lo que jamás tendrá clemencia. Y así, no habrá salvación alguna, ni siquiera después de la muerte; lo que no tiene porqué quitarle sentido al tener que estar vivo y arreglárselas. Ahora que me dejaron solo y que no puedo mover el cuerpo, y ahora que me auto enseñé la desesperanza, y que me enorgullezco de ser soberbio, voy a poder crear algo magistral, imperecedero, y que no le dará esperanza a nadie, sino que tormento y satisfacción. Hace ya tres años que estoy aquí leyendo y releyendo. La Biblia, al Maestro Eckhart, Sófocles, Esquilo, al inepto de Platón; repudiando la farsa trágica de Racine y su siglo XVII; pero adorando el sonido de los nombres del calendario republicano al leerlos en francés (Brumaire, Thermidor, Fructidor, Floréal, Germinal, -que lindo que suena el republicanismo-) cuando no hay idioma más asquerosamente pretencioso que ese; dicen que es el idioma del amor y del erotismo, que la gente se ve seducida al escucharlo, sin que importe lo que te estén diciendo; demasiada soberbia de los soberbios por excelencia. Quizás por eso me dan rabia. Oh la la! Quel dégueulasse! Pero crearon la revolución y eso les da todo el derecho a creer que tienen los cerebros, penes y artistas, de toda índole, más grandes. He estado pensando en lo suave que debe de haber sido la piel de Antinoo y queriendo ser Adriano por dos días. Adriano pensaba que muchas veces cuando el joven dormía más de la cuenta lo hacía para poder descansar de la compañía de él, porque lo agotaba. Yo le creo, porque he hecho mil veces lo mismo. También he estado emulando la tiranía de Edipo y estoy solo aquí igual que él en su final, pero todavía puedo ver los colores y las cosas, la gente y sus cuerpos horrendos, que es todo lo que finalmente tienen para entregar. Y ver la mezquindad así, es no querer seguir viviendo, pero como yo no tengo esperanza, la muerte no es algo que me compete y contaré mi historia sin nada más que esperar. Sin usuras a corto plazo. Esa tarde sentía que los temblores de mi cuerpo no me pertenecían. Al mirarlo, no se movía, pero por dentro, el terremoto seguía, dándome una angustia suicida; el cerebro no dejaba de bailar y las sienes hinchaban sus venas como si una manguera luego de haber sido dada el agua, apareciera en un punto A con un nudo y a 40 centímetros (punto B) con otro; la acumulación de sangre virulenta me estaba matando; quería que Emilio me trajera sus sanguijuelas y que me las pusiera en la frente y que se chuparan todo lo que había de exceso, que disfrutaran de mi sangre infecta y que se murieran después por gula, por cerdas, por no discriminar o porque mi infección les provocaría la muerte. Aunque delirante también pensé que si las cosas esas sobrevivían y se infectaban de mi enfermedad entonces después cuando Emilio las ocupara podían infectarlo a él. Y a él yo lo quiero mucho. Pero la verdad es que nunca le pedí ni media sanguijuela. Estaba empapado de un sudor ácido, parecido al olor del pichi de gato, que me hacía arder la piel y sobre todo la parte de las piernas. Cuando el doctor Augusto Miranda López llegó, no me quedó otra que asentir a su verborrea asquienta de mí, pretenciosa y religiosamente masona. “Usted tiene un rosario de ganglios hinchados en el cogote. Es como ver en escena a un evangélico, que grita gloria a Dios con las venas del cuello que le explotan; un feligrés asiduo, ignorante, fetichista. Usted está cada vez peor, debería preocuparse más si quiere estar mejor: Acuérdese que ya está adulto”, me dijo el gran pelota, mientras se sacaba los guantes plásticos. Muriéndome del odio y la enfermedad, me quedé callado, no por preferencia, sino por condición. La penicilina que me inyectó me dejó llevar a Miranda hasta la puerta. La fiebre me bajó al tiro, quería mear, así que fui al baño. Se supone que debería haber ido con ansias a mirarme el collar mariano del que hablaba el puto, pero antes que eso preferí apretarme la procesión de puntos negros incrustados en los lomos de mis narices. Puedo decir de ellos que son sempiternos, como las siempre vivas, y que hasta el día de hoy se alimentan necrofílicamente, y los saco y vuelven a salir incluso hasta con más fuerza, y a veces hasta se convierten en espinillas. Algo feo, transformándose en algo aun más feo y asqueroso; no como las mariposas que de ser horrendas pasan a ser lindas; o como las niñas que son muy bonitas cuando chicas y después se afean y al revés con las adolescentes pavas, regordetas con acné que se vuelven preciosas a los veinte. Todos estamos condenados a sufrir por un motivo u otro. Una porque es fea, la otra porque es bonita pero tonta, tonta, huevona; la otra porque es india; los ricos porque también se supone que tienen sentimientos, entonces también lloran; la gente no tiene qué comer en el third world; la naturaleza es cruel, implacable y la gente también, tal cual. Todos estamos condenados a muerte, pero yo estoy condenado a no ser amado, ni tocado, ni penetrado. Y la mujer que llevo dentro quiere entregarse como bestia al amor de un hombre con las bolas bien puestas. Estando de nuevo en la cama me puse a mirar el cielo desde el ventanal trisado, que es lo más bonito que me daba esa chocita. El cielo se me hacía lejano; muy distante, eterno e inalcanzable como un mito, fuera de la historia, aunque siempre estuvo presente en ella. Tenía unos tintes de arena dorada que me quemaban las pupilas, cuando de arrogante me atrevía a mirar al sol directamente. Era un cielo triste y prohibido, sobre todo para mí que quería morirme e irme hacia él, a la ciudad de Dios, paradisiaca, y me hacía pensar en uno de esos cielos bíblicos vistos por las caravanas de semitas hace siglos atrás cuando no les quedaba otra que errar, buscando tierra que cobijar, ansiosos de una, y ahí mientras iban en la marcha ¡Plaf! Se les aparecía el omnipotente; cielo lindo, nazareno, fílmicamente bíblico, que humeaba algodones con el amarillo que los filtros de cigarro dejan entre los dedos de un gran fumador. Trataba de pensar en algo más que la biblia y el destino de los semitas o el destino de la muerte. Y aunque lograba alejarme geográficamente, llegaba a la misma escena, pero con otro clima. Siberia, -se me ocurrió-. Noventa grados geofísicos empalmados en la cabeza y varias uniones circunstanciales e históricas. El ostracismo. La expulsión. La remoción obligada del lugar más intolerable. Lo ilógico en su esencia primera. El destierro judío-El exilio de Lenin. La tierra de Gorky y Grigori Rasputín. Y la ironía de ser desterrado del lugar más lejano, frío e inhóspito, la tierra de los exiliados por excelencia, no sólo desde la revolución de octubre, sino hasta en tiempos de la Zarina! ¡Sibír! ¡Tierra en donde sólo los descorazonados, los enfermos mentales, los psicópatas, las bestias y los inhumanos quieren echar raíces! ¡Qué ganas de amanecer ahí moribundo! Despertar con el cuerpo hecho trizas, mirar al cielo que esta vez sí será blanco, sentir que los dedos se me han despegado, la escarcha en las pestañas y mi pelo blanco en la cara; mirar hacia un lado, encontrar la nieve siempre virgen en mi boca, comerla, estar vestido con atuendos de piel de foca hechos por los hunos y bajar mi mano, agarrármelo por sobre la ropa y encontrar que mi pene, instrumento de primera categoría, es el pene perdido de Rasputín. Dormirme. Amanecer tirado entre la nieve, muerto vivo, sin dedos, sin dolor, auto exiliado en Siberia, la más inhóspita de las regiones; nunca retornar y avanzar hacia el abismo del desierto de nieve. “Devenir immortel et puis mourir”. Y si eso quiero, entonces qué poca trascendencia tiene todo esto, mi vida: intrascendente, mi plan: insignificante. Mejor será que después de la segunda noche acogido por la cama de nieve vaya hacia el noroeste y de ahí volveré a cruzar Bering, como antes los estos otros lo hicieron. Tomaré el transiberiano que viene de Polonia, con una burka que me cubra el rostro, para no asustar a los eslavitos con mi color, y me pondré guantes para no delatar mi manquedad de dedos y evitar las miradas de asco ajeno bien comprensibles. Y me iré colado entre la manada de prisioneros polacos alcohólicos, tomándome su vodka. Al llegar al Cabo Deshneva, desarrollaré un artefacto que me permita trabajar como pescador. Haré eso hasta que llegue el verano y estando este ahí, cruzaré hasta el otro lado en una pequeña embarcación para llegar por fin a la culminación de la Guerra Fría: Las Diomedes. Miraré desde ahí hacia el este. Alaska no me será indómita. Comeré foca, juntaré municiones, secaré carnes, algún isleño me enseñará a curtir sus pieles, alguna lugareña se enamorará de mí y me dará un hijo, que pronto crecerá y se hará fuerte y que esperará junto a mí, la siguiente gran glaciación. Y cruzaremos a pie hacia América dejando a mi esposa y a cuanto se cruce en el camino atrás. Y volveré al principio del principio convirtiéndome en un nuevo hombre, inmune a tanta debilidad. Exento de esperanza; libre de la falsa tragedia aburguesada. Podré hablar con hombres del talante de la Grecia clásica, atenienses, no me vengan con musculito espartano. Y haré el amor con mis más tiernos discípulos, que me amaran de vuelta con fervor. Y a nadie le importará infectarse. Ya que seré un maestro trágico y por tanto anhelaran lo que llevo en mi semen. Mi virtud me llevará al más terrible de los padecimientos. Y será ese el principio del principio, en donde mi creatividad, y mi excelsa libertad, me permitirán librarme de los siglos que me pesan en la cabeza. 


Tiziano Artemisio Merisi 


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PASAPORTE, Performance Textil Ritual
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Jessica Espinoza "Dibruja"
Nov. 2011, Poble Sec


Texto 
"el Viajante Impostor" de Paulina Fernandez 
Voz en off
Ratalia 
Contexto
SUR.VERSIONES 

organizado por 
Xavi Hurtado